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Series de televisión vs. Películas en el cine: ¿Cómo vamos?

No son pocos los estudios que se han realizado al respecto. Desde la sociología, desde los razonamientos cognitivo-conductuales, hasta lo meramente comercial y de rating, para validar si un producto tendrá éxito o no. Todos los estudios han llegado a conclusiones distintas y dispares. Pero, en la actualidad, con un 2017 a punto de tomar el tren de cercanías con rumbo a no sabemos dónde, ¿qué prefiere el público moderno?

¿Prefiere ir al cine y ver películas de una hora y 40 minutos? ¿Prefiere quedarse en casa y ver una serie de TV por suscripción con abonos semestrales? Lo analizamos.

La magia parece ser innegociable

El cine pareciera ser una cajita mágica. Más que una pantalla y un camino preestablecido a través del que compras entradas, palomitas de maíz y escoges tu asiento; pareciera tratarse de una cajita mágica que proyecta placebos indescifrables.

Así las cosas, todavía seguimos yendo con asiduidad al cine. Y aunque podamos suscribirnos On Demand a las películas que queramos en nuestra TV, o hasta en aplicaciones para móviles, siempre queremos verlas en el cine.

Por tanto, llegamos a la conclusión de que se han captado alrededor de 21% más asistentes a los cines, sólo en España.

Las series parecen ser todavía algo anglo

Es lo que los números nos indican. En los países de habla inglesa se consumen más píldoras de tratamiento largo (series de TV) que en España, donde preferimos una inyección de dosis fuerte (una película de cabo a rabo).

Pero, las diferencias cada vez se hacen menos palpables, logrando Fargo y Juego de Tronos establecer una nueva discusión acerca de cómo valoramos las películas y las series en nuestro país. Por una parte, Fargo nos captura desde su crítica general de “obra maestra, lo que nos obliga a consumirla casi que sin mediar intenciones. Finalmente, Juego de Tronos nos cautiva desde el sentido de pertenencia, desde lo español de la geografía de grabación de la serie de 7 temporadas.

¿Tú? ¿Vas al cine o pides palomitas a domicilio?

¿Ha sido “Liga de la Justicia” un bochornoso regreso de DC Comics?

Desde luego, habrá defensores descamisados y detractores justificables. Y todos tendrán su cuota de verdad en un asunto tan delicado y tan trascendental para la paz del mundo como la crítica a una película del universo DC.

El estreno de La Liga de la Justicia suponía mantenernos al tanto de lo que sucedería, y sobre todo, de cómo se las arreglarían desde las partes más altas para lograr algo exitoso, diferenciándose de lo realizado por Marvel (Avengers, Thor, Dr. Strange, Guardianes de la Galaxia Vol. 2).

Y no se trataba de un asunto de si copiar o no lo hecho por los creadores de Capitán América, sino, más bien, de ser auténticos desde lo propio. Porque Marvel tenía una ventaja única en la contienda: sacó a la luz sus películas mucho antes de Liga de la Justicia, por lo que siempre se comparará la originalidad de la segunda con respecto a todas las primeras.

Y no ha sido la excepción aquí.

La escena que derrumba a la Liga de la Justicia

La última película de la franquicia Avengers nos presenta a un IronMan que va en búsqueda de un joven superhéroe que necesita ser apadrinado, y orientado en el nuevo mundo de ser héroe. Así es como se encuentra a un Spiderman disparatado, disfrazado de una parodia con patas. Para fines comerciales, argumentales, y para el público: ¡Un exitazo!

Sin embargo, en la Liga de la Justicia es Batman quien debe salir en búsqueda de un ejemplar que cumple exactamente las mismas condiciones del Spiderman de Marvel: Flash.

Y es que Flash, igual de joven, descarrilado y disparatado que Spiderman, recurre a su sentido del humor y a su dilatado complejo de idiotez para aportar humor a la obra.

Así, mientras Avengers queda como la originalidad dentro de la escena; la Liga de la Justicia se queda con las sobras de haber sido replicador de una escena que salió con éxito años atrás.

¿Qué podemos esperar para próximas películas? Pantera Negra pareciera ser el tiro de gracia de una marca que ha sabido consolidarse, contra otra que pareciera sacar películas al campo de juego sólo por cumplir, por no perder por forfait.

Fargo: La serie imprescindible del 2017

La tercera temporada de Fargo llegaba con todo este año. De nuevo, la versión mejorada de la película de 1996 (hermanos Coen) se hacía de rogar para llegar a las pantallas a través de FX, y de Movistar Series para algunos países.

La primera temporada, debatible. La segunda, indiscutible. La tercera era todo por verse. Y no ha defraudado para los críticos. ¡Ha sido una de las joyas de la televisión en este año que casi nos dice adiós!

Basada en una historia real

La tercera temporada tenía como máxima responsabilidad superar a la segunda. Pero, además, debía construir en una superficie ácida (dejada por 2 temporadas anteriores) un relato igual de cómico y de humor negro, pero siempre logrando mantener la esencia de la película original –sin hacer de esta temporada un absurdo remake-, pero sin violentar la esencia de las temporadas que finalizaron.

Y lo lograron. En parte, por la narración cíclica, violenta y lenta; y la incorporación de un elenco de lujo, que transmite gráficamente una narrativa más medida, con movimientos que parecen estar en perfecta sincronía con el destino. El destino de Fargo, que es diferente en muchos aspectos.

La realidad que escapa de lógica

El mote de Basado en una historia real es la broma que da inicio a la serie. Y es que, se burla del afiche hollywoodense que afirma ser una historia real, pero en realidad es una historia vacía, simplificada, escapando de la realidad real. Y en Fargo, su director prefiere contar la realidad, pero a su manera más real: donde la lógica a veces no tiene sentido. Donde no hay héroes con capas ni villanos que salen ilesos al final. Al menos no los que tiene  un coeficiente intelectual delictivo demasiado pobre.

Así, Fargo nos presenta una temporada imprescindible de una serie que no tiene pérdida. Aguardamos con ansias.